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Heladera social, el placer de compartir

Los que tienen excedente de comida la donan; los que no tienen para comer la retiran. Así funciona el proyecto de la “heladera social”, que nació en Tucumán y se multiplicó en nueve provincias. Te contamos esta movida de solidaridad sin intermediarios.

 

 

Hacía tiempo que Fernando Ríos, Luis Pondal y Daniela Viña, socios y dueños de Muña Muña, un local de comida vegetariana ubicado en el centro de San Miguel de Tucumán, se pre­guntaban qué hacer con el excedente de alimentos que generaban. Los platos que venden se hacen con productos frescos y una buena parte de la materia prima que no se usaba en el día iba a parar a la basura. Tenían una idea que habían visto en Barcelona, pero también temían por las consecuencias legales que les podía ocasionar. ¿Qué pasaría si esos excedentes de comida fueran a pa­rar a una heladera y la gente que no tiene para comer se los pudiera llevar? Si bien el plan les parecía perfecto, un amigo abogado les había advertido que si alguien se intoxicaba con la comida que regalaban, podía hacerles juicio. Una tarde, sin embargo, fueron testigos de una escena que convirtió ese miedo en algo insignificante: un hombre de la calle metía a su hijo a un contenedor de basura para que buscara comida. Fue suficiente para terminar con cualquier miedo. Hace ya dos meses se decidieron a implementar la “heladera social”. “Lo único que tenemos que hacer es cortar el camino entre la comida que tenemos de excedente y la basura. Nos proponemos infil­trarnos a mitad de ese recorrido, para que la gente no tenga que revisar la basura y pueda recibirla con dignidad: en una bandeja, refrigerada y etiquetada con fecha”, dice Pondal desde Tucumán. Una de las claves de la movida, explica, es que aquellos que tengan un hogar donde comer, pero no qué poner en el plato, puedan llevarse la comida a su casa y sentarse en su propia mesa, con su familia. A los pocos días de haber sacado la heladera a la ca­lle –está justo al lado de la entrada de su local, en una puerta de servicio–, empezó a pasar algo que no imaginaban: la gente comenzó a hacer donaciones espontáneas de comida que les sobraba en sus casas. Cuando la noticia de la heladera llegó a las redes so­ciales y el boca a boca y los compartidos hicieron lo suyo, los donantes se multiplicaron.

HELADERA CONTAGIOSA. La heladera social de Tu­cumán tuvo otro efecto que sus gestores no habían imaginado: el contagio. Cuando la noticia llegó a los medios, restaurantes, bares y locales de comida de otras provincias empezaron a replicar la experiencia. Hoy hay heladeras en Capital Federal (en Plaza de Mayo, administrada por Red Solidaria), Comodoro Rivadavia, el pueblo salteño Rosario de la Frontera y en la ciudad de Posadas, entre otros. Aunque no hay un registro formal porque todo se va conociendo por el boca en boca, desde Red Solidaria calculan que ya son nueve las provincias que cuentan con una. En Nueva Córdoba, un barrio en la capital de esa provincia, instalaron una en Strega Bar. “La felicidad que me da verle la cara a un niño cuando se lleva algo rico no tiene precio. Gracias a Dios yo tengo comida todos los días, pero si no tuviera me gustaría que alguien me ayudara. La vida es una cadena de favores. Me acuesto a la noche sabiendo que alguien pudo comer gracias a todos los que ayudamos con esta movida”, reflexiona Yanina Parizzia, una de las dueñas de este negocio familiar.

DESEMBARCO EN PLAZA DE MAYO. Apenas se entera­ron de lo que estaba pasando en Tucumán, en Red Soli­daria supieron que tenían que implementarlo en Buenos Aires. Ahora, los días de semana después de las 20, su heladera solidaria sale a Plaza de Mayo, justo enfrente de la Catedral, con donaciones de los restaurantes y locales de comida al paso. La heladera no está sola: está acompa­ñada por un perchero de ropa donada y curada por el di­señador Martín Churba, quien se acerca todos los viernes a darle su toque curatorial, como otra manera de devolver la dignidad. La idea, explica Racu Sandoval, uno de los voluntarios de la red, es que no tengan que revolver bol­sas de plástico y que la ropa esté en buenas condiciones. En el caso de esta heladera, y por su ubicación tan cén­trica y concurrida, la logística es distinta. Los voluntarios sirven la comida de la heladera en una mesa comunitaria que ponen en la plaza y todos cenan juntos ahí. Si alguien quiere llevarse una vianda, también puede. Juan Carr, fundador y referente de Red Solidaria, dice: “La heladera tiene una magia que es la libertad de creer que todos creen en todos. Te dejo abierta la puerta de la heladera para que pongas comida, para que la saques y para demostrar así que todavía podemos confiar en nosotros, en nuestra comunidad. Es un paso más hacia la dignificación”.

Publicada en revista
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