Diario de Viajes, Salidas y Paseos

Diario de Viaje: El Queen Elizabeth II

Por las aguas de la historia.

Comparto una excelente nota sobre la historia del Queen Elizabeth que escribió Pablo Memdelevich para La Revista de La Nación.

http://www.lanacion.com.ar/1772081-por-las-aguas-de-la-historia

Un hombre que quizá tenga 65 años trota en pantalón corto. Una pareja de japoneses camina rápido muy abrigada. Se cruza con otra pareja de españoles, dos jóvenes alemanas y varios pasajeros de nacionalidad indescifrable. Dos señoras inglesas unidas por los brazos, probablemente madre e hija, avanzan como cada día a la misma hora a paso firme para darle sus acostumbradas cuatro vueltas a la cubierta 3. Hay cero grados.

Sobre las cabezas de los que van y vienen se impone una hilera de enormes botes salvavidas. En la pared una placa informa: “3 vueltas = 0,9 millas”. Quien le da seis vueltas al barco hace, en líneas generales, tres kilómetros. Pero no en cualquier pista aeróbica: siente que camina, o que corre, por el medio del océano Atlántico. Es tan excitante como la soledad en la inmensidad del mar, el oleaje de reminiscencias pictóricas bajo el esquivo sol de invierno, la magia secreta, atemporal, del transatlántico.

Tal vez sea el saberse en la ruta de los peregrinos del Mayflower y de tantos inmigrantes que desarrollaron América del Norte. Navegar desde Europa a 19 o 20 nudos durante una semana con Nueva York por derrotero en un tradicional barco inglés es un gran evento en sí mismo. Algo así como tocar con las manos una dimensión inasible de la literatura y de la historia.

En esa misma cubierta puede verse a un grupo de pasajeros a punto de celebrar una ceremonia. Consiste en arrojar flores al agua. Alguien se pone la mano derecha sobre el corazón, mira al cielo, luego al mar y susurra una oración que el viento y la emoción disipan. Aunque no se escuche decir Taitanic (Titanic pronunciado en inglés) todos parecen advertidos de que se trata de eso. Es justo el quinto día de navegación. Y en su mensaje diario por los altoparlantes el capitán ya lo anticipó. El ritual será parecido en cada cruce oceánico por esta ruta.

 
El lujoso transatlántico de Cunard parte del mismo puerto del sur de Inglaterra del que lo hizo el Titanic en 1912 para su viaje inaugural. 
 

Con palabras medidas el capitán recordó a las 1512 víctimas e informó la hora precisa a la cual se estaría navegando por el lugar del naufragio. O a unas pocas millas náuticas. Cuando llega la hora el paisaje de altamar no cambia en absoluto, es la espléndida infinitud que uno viene oteando prácticamente desde que el muelle de Southampton -ubicado a pocas cuadras de donde zarpó el Titanic- se convierte en recuerdo. Después de bordear la isla de Wight, al sur del Reino Unido, el transatlántico navega entre Inglaterra y Francia y ya no se ve ninguna costa. Pocas horas más tarde desaparecen todos los barcos, todas las luces, entre un domingo y el siguiente no queda en derredor ninguna otra cosa que no sea mar y cielo. Pero saberse en la zona donde terminó el Titanic conmueve. Yacen ahí, a 3800 metros de profundidad, los restos del barco que protagonizó el naufragio que se volvió leyenda.

En la mente de todos, cabe suponer, revolotean imágenes de la película de James Cameron, también los documentales submarinos posteriores al descubrimiento que hicieron en 1985 los oceanógrafos Robert Ballard y Jean-Louis Michel. Con ojos argentinos posados sobre esas aguas es imposible no ponerse a imaginar los últimos momentos de Edgar Andrew, el riocuartense de 17 años que viajaba en segunda clase, cuya valija de cuero fue rescatada hace quince años casi intacta -algo increíble-, hasta con manuales de aritmética, varias postales de Río Cuarto y una de un tranvía de Buenos Aires. Dos días antes de la zarpada él le había enviado desde Southampton a su amiga porteña Josey Cowan, que vivía en Belgrano, una estremecedora carta de amor, fastidiado porque ella viajaba a Inglaterra y se iban a desencontrar. “Figúrese Josey -le puso Edgar- que me embarco en el vapor más grande del mundo, pero no me encuentro nada de orgulloso, pues en estos momentos decearía (sic) que el «Titanic» estuviera sumerjido (sic) en el fondo del océano”. Y ahí está.

Urge atajar la pregunta. No, icebergs no hay. Es enero. Por más que haga frío (entre 0 y 4 o 5 grados por las noches, en realidad el mismo rango de temperaturas que había el glacial 15 de abril de 1912) uno cree que no hay icebergs porque en el Ártico no comenzó la época de los desprendimientos, pero la verdad es que el riesgo de encontrar un iceberg va de octubre a mayo. Que hablen quienes más navegan: oficiales y tripulantes veteranos aseguran que yendo de Southampton a Nueva York, o volviendo, jamás vieron hielos flotantes y dicen que saben bien cómo son esos hielos porque los conocieron, de a miles, cerca de Noruega. Después del Titanic se creó la Patrulla Internacional del Hielo, que hoy hasta hace marcaciones con tecnología electrónica y rastreo satelital para cada témpano. No es que se hayan esfumado, los barcos tienen muchos más recursos para esquivarlos sin necesidad de confiarle esa tarea a un vigía miope que encima se dejó los largavistas en Southampton. Fue lo que le ocurrió al marino que avistó tarde el iceberg más famoso de la historia, el inglés Frederick Fleet, quien sobrevivió al naufragio. Se suicidó en 1965.

 
La galesa Rhianwen Pugh, una eximia intérprete en el arpa. 
 

Completar la ruta del Titanic en un barco inglés saliendo del mismo puerto, con el mismo destino, igual duración que la programada en 1912, tradición, atmósfera y estilo británicos, decoración art decó, y hasta con escaleras centrales y con reposeras de cubierta casi idénticas a las del Titanic, eso sí es transportarse por la historia, dicho esta vez no en sentido cartográfico sino figurado. Cunard, dueña del Queen Mary II y del Queen Elizabeth, cruza el Atlántico desde 1840, es decir, desde 12 años antes de que Juan Manuel de Rosas se instalara en Southampton. La compañía creada en Liverpool, que es la que introdujo la luz eléctrica en los barcos, hizo su primer cruce con el Britannia (14 días para llegar a Boston). Durante un buen tiempo, a partir de 1935, se llamó Cunard White Star debido a que adquirió a su proverbial competidora, que no era otra que la naviera que construyó el Titanic. Algunos servicios a bordo todavía llevan el nombre White Star. Son los servicios premium. Sucede que para los europeos esa marca se identifica con la excelencia, el lujo inglés, los palacios flotantes, el esplendor del viejo imperio. La competencia por el dominio del transporte de pasajeros en la ruta intercontinental, mucho más intensa antes del avión, fue una epopeya con tres variables estelares: seguridad, lujo, velocidad. Sólo la velocidad, por obvias razones, dejó de ser un desafío (de hecho, lo usual hasta hace un par de años era cruzar en seis días).

Cuando se reseña la época dorada de los viajes por mar, varios barcos de Cunard, como el Aquitania, el Lusitania y el Mauritania, aparecen mencionados. Sobre todo el Carpathia, hundido por un submarino alemán durante la Primera Guerra Mundial, que debe su fama a un salvataje, tardío pero salvataje al fin: entre las 4.10 y las 8.30 del 15 de abril de 1912 el Carpathia fue el que rescató a los 705 sobrevivientes del Titanic. Semanas antes estas líneas habían sido protagonistas de una competencia feroz, que se disputaba en todos los frentes, también el del armado de la orquesta que adquiriría celebridad póstuma por tocar hasta el final. “La White Star Line -escribió Walter Lord en La última noche del Titanic (1955)- incluso llegó a sobornar al director de la banda del Mauritania, perteneciente a la línea Cunard, para lograr sus servicios; al pianista Theodore Brailey y al violoncelista Roger Bicroux se los trajeron del Carpathia”.

Desde 1998 Cunard es de Carnival Corporation. Grandes y lujosos, tanto el Queen Mary II, que va y viene entre Southampton y Nueva York, como el Queen Elizabeth, que también hace ese trayecto pero para comenzar una vuelta al mundo que le lleva cuatro meses, son los transatlánticos más emblemáticos del Reino Unido. Botados en 2005 y 2010, los actuales son la continuidad, en cierto modo la reencarnación de los gloriosos homónimos, aquellos que debieron trasladar a miles de soldados durante la Segunda Guerra, que lucieron el glamour de Clark Gable o Elizabeth Taylor tomando champagne en cubierta y que en definitiva consagraron el dominio inglés de la ruta Europa-Estados Unidos.

Mi primer crossing, como dicen los tripulantes, la experiencia de dedicar poco más de una semana (ocho noches) a cruzar el Atlántico Norte, fue a bordo del Queen Elizabeth, un barco de 92.000 toneladas, tres cuadras de largo y capacidad para 2092 pasajeros y 1000 tripulantes. Alrededor de un centenar de los pasajeros que suben al barco en Southampton en enero descenderán en el mismo lugar en mayo próximo. Unos 800 pasajeros se bajan en Nueva York, donde suben otros tantos. La mayoría, pues, no da la vuelta completa al mundo, navega entre puertos. Algunas paradas: Nueva York, Panamá, San Francisco, Honolulu, Auckland, Sydney, Rabaul, Nagasaki, Shanghai, Hong Kong, Ho Chi Minh, Bangkok, Kuala Lumpur, Mumbai, Abu Dhabi, Luxor, Suez, Estambul y Lisboa. Muchos pasajeros del Queen Elizabeth (en mi viaje el 63 por ciento eran ingleses, 12 por ciento estadounidenses, 10 por ciento alemanes, 4 por ciento australianos, 2 por ciento canadienses y el resto de otras 28 nacionalidades) son personas ya retiradas de sus profesiones o de sus propias empresas, con posición económica holgada. Pero en el embarque no se ven escenas como la de los dieciséis baúles de los Ryerson al subir el Titanic, no se distingue a millonarios aristócratas del tipo de John Jacob Astor o Benjamin Guggenheim (recuérdese que el del Titanic era un viaje inaugural), ni tampoco inmigrantes como los que poblaban la tercera clase (es sabido, la más castigada). Pero sí están los que se trasladan por necesidad y prefieren la navegación (que entre otras ventajas disuelve el jet lag, porque la diferencia de cinco horas que hay entre Londres y Nueva York se absorbe a lo largo de cinco días de 25 horas). Casi no hay niños a bordo y los jóvenes son pocos. Pueden encontrarse recién casados maduros o, incluso, frescos: a bordo hay servicio nupcial.

 
La cocina del Queen Elizabeth elabora 12.000 platos cada día. 
 

El puerto que le sigue a Nueva York es Miami, pero el Queen Elizabeth, gemelo del Queen Victoria, es lo menos parecido a lo que comúnmente se conoce como crucero. Carece de escaleras mecánicas y de ascensores vidriados, no tiene animadores políglotas, entretenimientos del tipo tobogán caracol ni eufóricos estadounidenses en bermudas abrazados a baldes con seis cervezas. Hay poco ruido, mucha vida social, abunda lo clásico. Sobriedad británica, buenos restaurantes y, huelga decirlo, entre las cosas importantes figura el té. Si bien Cunard está por celebrar 175 años, el afternoon tea es una tradición que lleva en sus barcosapenas un siglo y medio. No se sirve a las cinco, como dice el mito, sino poco después de las tres, acompañado de scones, a veces champagne, y de un cuarteto de cuerdas que pasa de Haydn y Pachelbel a Brahms, o de una arpista cuyo repertorio principal conjuga Bach con Piazzolla. La eximia galesa Rhianwen Pugh, de 22 años, tiene un aprecio especial por Piazzolla. Cuenta que el arpa, instrumento nacional de Gales, se aprende en la escuela. Ella lo adoptó definitivamente porque su familia no podía costearle el estudio del violín. Llegó a ser arpista de las más importantes orquestas británicas y en 2012 y 2013 tocó para la realeza. “Un día, durante un concierto en Londres -cuenta Rhianwen-, se me acercó un señor y me preguntó si no quería tocar en un barco alrededor del mundo.”

Algunas noches en el buque que lleva el nombre de la reina se exige ropa de etiqueta. Para los demás días el protocolo reclama vestimenta “informal elegante”, aunque siempre está abierta la posibilidad de ir a comer como uno quiera al buffet de la cubierta nueve. La cocina francesa de The Verandah homenajea a las Verandah Grills que tenían el Queen Mary y el Queen Elizabeth originales, reputadas como la mejor gastronomía de altamar, y de paso recuerdan al restaurante francés a la carta de la primera clase del Titanic.

Cada día en el barco se elaboran 12.000 platos de comida, dice el indio James Abhilash, chef ejecutivo. Cada 14 días a bordo se consumen 70 toneladas de fruta y verdura, 18 de carne y 20 de pescados y mariscos. Se sirven 70.000 tasas de té y 11.200 scones.

Además de espectáculos musicales, en el teatro de proa, que tiene capacidad para 1000 espectadores, durante el día hay conferencias a cargo de especialistas prestigiosos. Por ejemplo, Kate Adie, la periodista de la BBC más famosa del Reino Unido, disertó sobre las guerras en las que fue corresponsal: una precursora mundial.

 
De Salta a Nueva York: el argentino Silvio Landi está a cargo de la biblioteca. 
 

Hay un casino pequeño y poco concurrido, al revés de la biblioteca, que tiene escalera interna, un antiguo globo terráqueo y 7500 libros. Es una sola para todos, no como el Titanic, que ofrecía una biblioteca para primera clase y otra para segunda. Y acá viene una curiosidad. ¿De dónde es oriundo el bibliotecario del Queen Elizabeth? ¿De Oxford? ¿De Cambridge? No, de Tartagal, provincia de Salta. Silvio Landi, 29 años, bailarín profesional de salsa, kinesiólogo recibido en Córdoba, habla cuatro idiomas y está embarcado desde 2011. Su responsabilidad se extiende a la librería del barco, donde dicho sea de paso se puede conseguir media docena de títulos sobre el Titanic. Los 969 tripulantes pertenecen a 51 nacionalidades. Pero argentinos sólo son dos. Tatiana Repetti Tarasewicz, una rosarina de 23 años, licenciada en turismo y hotelería, campeona de natación, que antes de embarcarse vivía en Boedo, es camarera y va por su segundo contrato. Cada contrato dura seis meses. Trabaja de lunes a lunes con un mes de descanso, lo que no le impide sacarles el jugo a algunas horas libres. “Hasta ahora estuve en 35 países, pasé por 75 puertos y sólo en tres me perdí de bajar por no poder arreglar los horarios”, dice Tatiana, orgullosa, cafetera en mano.

La ambientación general del barco no exalta la modernidad. Mientras se observan, por ejemplo, las clases de baile nada le impide a uno sentir que está en un salón londinense en la década del treinta. Si es por comparar, en el adelantado Titanic de 1912 también había ascensores (tres, en primera), salones para fumadores (uno por clase, ahora unificados), gimnasio con bicicletas fijas y aparato para remar (lo que no se renovó fue el caballo eléctrico), pista cubierta de tenis (en el Queen Elizabeth, semicubierta), piscina cubierta (en este barco hay dos, pero descubiertas), baños turcos (ahora es un spa) y oficina de correos (hoy hay sala de Internet, que por ser satelital es tan caro como lo era mandar un telegrama desde el Titanic).

El estruendo que hacían las tres chimeneas (una cuarta era de utilería) desapareció junto con el carbón. El silencioso transatlántico que hoy arranca la vuelta al mundo yendo a Nueva York tiene seis generadores eléctricos, consume tres mil toneladas de combustible pesado y entre sus adelantos tecnológicos se destaca su convertidor catalítico. “Podríamos alimentar de electricidad a una ciudad como Southampton”, dice Andy Jones, jefe de ingenieros, oriundo de la isla de Man. No hay que pasar por alto un detalle del uniforme de este oficial, una tira color púrpura. La llevan todos los ingenieros por disposición del rey Jorge V en homenaje a los ingenieros del Titanic, ninguno de los cuales sobrevivió. Con sus mil pequeñas historias, la historia del Titanic puede ser revivida en el fabuloso Museo del Mar de Southampton, ciudad a la que pertenecía buena parte de la tripulación: más de quinientas familas (Southamtpon tenía 120.000 habitantes) perdieron a alguien en el naufragio. Cuestión aparte, la ciudad conserva una reliquia arquitectónica doblemente interesante para los argentinos. Es el pub Red Lion, construido en el siglo XV, que está tal cual era cuando lo frecuentaba un parroquiano de la zona que solía atar su caballo en la puerta: Rosas.

En la otra punta del periplo, Nueva York aguarda con su inagotable magnetismo. El Queen Elizabeth llega a través del río Hudson y acaricia a Manhattan, hasta atracar en el pier 90. Entrada conmovedora por el paisaje urbano, por la emoción de llegar, y también porque se pasa delante del pier 59. Es el muelle de donde debía zarpar para Southampton el 20 de abril de 1912, con tickets de tercera a 36,25 dólares, el barco más grande del mundo.

Enjoy!

Anuncios

1 thought on “Diario de Viaje: El Queen Elizabeth II”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s