Aires Victorianos sobre Ruedas

Dos trenes de lujo cruzan la sabana sudafricana para un recorrido en salones y camarotes que parecen salidos de una novela de Agatha Christie o Arthur Conan Doyle.

 
Foto: Carlos Albertoni
 

Como si fuera algo inevitable, en ese tren nos sentimos parte de un viejo relato victoriano. Refinados camarotes de puertas y paredes labradas en caoba, vagones convertidos en suntuosos salones que evocan aquellos tradicionales clubes de caballeros de los tiempos coloniales, ilustres pasajeros fumando largos cigarros a la pálida luz de un velador del siglo XIX, mayordomos yendo presurosos de un lugar a otro con sus bandejas cargadas con copas de brandy, té servido en tazas de porcelana sobre las mesas orilladas a los amplios ventanales que miran a la sabana, cenas con rosas en el ojal de impecables trajes de tonos oscuros, el brillo oscilante de las velas a la hora del descanso, todo resulta una constante evocación a bordo del Rovos Rail. No hay damas de trajes largos paseando coquetas y distinguidas ni aventureros llegados hasta las selvas más profundas para cazar animales de cuernos y trompas inverosímiles, pero uno cree verlos de tanto en tanto, los imagina caminando por los pasillos, misteriosos en las sombras como si fueran personajes de una novela de Arthur Conan Doyle o Agatha Christie, como si aquel que mira allí con la pipa entre los dedos fuera Sherlock Holmes, como si ese otro de allá que acaricia con sus dedos su bigote militar fuera Hércules Poirot. A bordo de este tren, uno de los más lujosos del mundo, cada rincón es una maravillosa trampa de la nostalgia.

La tarde acaba de morirse cuando una campana anuncia que es la hora de cenar. Ya van dos días sobre el tren, en un viaje que llegará hasta la ciudad sudafricana de Pretoria y que comenzó en Victoria Falls, un poblado del sur de Zimbabwe a muy corta distancia de las cataratas Victoria, las mismas que fueran descubiertas hace un siglo y medio por el explorador David Livingstone mientras remontaba el río Zambeze en una de sus míticas exploraciones. Desde la partida las horas han corrido placenteras, a veces tomando una copa de licor de Amarula mientras conversamos con otros pasajeros de temas casi nunca trascendentes o leyendo un libro de la sudafricana Nadine Gordimer que capturé de una pequeña biblioteca de uno de los vagones. Se cruzan las praderas cubiertas de acacias del parque Hwange donde viven miles de elefantes, las desmedidas llanuras del este de Botswana en las que corren manadas de jirafas, un grupo de míseras casas de barro con sus techos de hojas y pajas, un niño saludando con su brazo el paso del tren, el sol poniéndose en el fondo de la sabana.

 
Tiene formaciones de hasta 19 coches y también hace recorridos a Tanzania y El Cairo, de 14 y 34 días respectivamente. Foto: Carlos Albertoni

Con puntualidad británica, la cena se sirve a las 19.30. Un mozo trae primero una tilapia de Zambia envuelta en hojas verdes y acompañada de tomates secos, luego descorcha un Meerslust Pinot Noir, más tarde sirve piernas de cordero asadas con papas lyonesas y, finalmente, un helado de capuccino rociado con caramelo.

El Rovos Rail para en Mafikeng, una ciudad del noroeste de Sudáfrica, en la frontera con Botswana, para cumplir con las formalidades de inmigración, algo que ya hemos hecho en el pueblo de Plumtree, cuando dejamos atrás Zimbabwe para entrar en Botswana. Los trámites son rápidos, ni siquiera hay que bajarse del tren. Hasta Pretoria no habrá más detenciones.

Al día siguiente, en la sobremesa del último almuerzo, un canadiense que ha hecho este viaje en otras tres oportunidades relata la historia del tren. El Rovos Rail nació del tesón, la imaginación y el dinero de Rohan Vos, un magnate sudafricano que hace más de veinte años decidiera poner en marcha un tren que rescatara las nostalgias de aquellos viajes victorianos de comienzos del siglo XX, esos en los que lujosos coches de madera eran tirados por máquinas de vapor. Para ello, cuenta el canadiense, Rohan Vos compró viejos vagones y locomotoras en subastas millonarias, los reacondicionó y en 1989 puso en marcha un tren al que se bautizó El orgullo de África y cuyos viajes se realizan hoy en formaciones de hasta 19 coches que llevan a bordo 36 suites con capacidad para 72 pasajeros. Poco menos de dos horas después, tras casi sesenta horas de viaje desde Victoria Falls, el tren detiene al fin su marcha en Pretoria.

HACIA CIUDAD DEL CABO

 
El Rovos Rail, desde Victoria Falls hasta Pretoria en tres días. Foto: Carlos Albertoni
 

Tras casi una semana de fatigar los rincones de Pretoria, la ciudad queda atrás a bordo del Blue Train, uno de los trenes más refinados del mundo cuya fama es equiparable a la del mítico Orient Express. Al igual que en el Rovos Rail, la suntuosidad es una característica esencial en cada rincón de cada vagón: sábanas de seda blanca en los camarotes, cubiertos bañados en plata en las mesas del coche comedor, sillones tapizados en cuero en el salón de fumadores donde habanos costosos se cuentan por docenas y cortinas de finos hilados en los ventanales panorámicos permiten maravillarse con la geografía sudafricana hasta Ciudad del Cabo, destino final, tras casi treinta horas y más de mil quinientos kilómetros recorridos.

A una velocidad promedio de noventa kilómetros horarios, el tren llega en las primeras horas de la tarde hasta Kimberley, la ciudad a la que con justicia se conoce como la capital diamantífera del mundo. Aquí, durante largo tiempo, se centró la actividad minera del sur africano y se descubrieron algunos de los más importantes diamantes de la historia. La parada dura poco más de una hora, lo justo como para visitar el descomunal Big Hole, el pozo minero más profundo del mundo realizado por el hombre, 240 metros hacia el centro de la tierra cavados a pico y pala por esforzados mineros en el siglo XIX. De allí se extrajeron, durante casi medio siglo, más de tres toneladas de diamante. Hoy, el hoyo está cerrado a la producción y se ha convertido en un sitio de visitas turísticas.

 
Ciudad del Cabo, destino final de esta travesía. Foto: Carlos Albertoni
 

El Blue Train vuelve a ponerse en marcha hacia el Sur. Un corto aguacero termina justo cuando sirven para la cena un plato de salmón con salsa tártara acompañado de un Graham Beck Sauvignon Blanc, uno de los mejores vinos sudafricanos. En la mesa de al lado, dos mujeres vestidas de noche le muestran a sus parejas los anillos de diamante que acaban de comprar en la exclusiva boutique que el tren posee en uno de los vagones. Ambas sonríen y toman champagne como en un relato de hadas.

Tras la lluvia del atardecer, un fuerte viento despeja la noche y la cubre de estrellas. Despertarse temprano permite ver el amanecer en las tierras secas del Karoo, una región desértica en la que las laderas peladas de las montañas se van clareando de a poco, primero rojizas, luego más amarillentas. El paisaje árido le va dando lugar a una geografía más fértil en la que se suceden los viñedos, zonas de bodegas nacidas hace más de tres siglos cuando los hugonotes franceses llegaron hasta allí como colonos con sus conocimientos de vitivinicultura. Sin disminuir la velocidad atravesamos valles muy verdes y pueblos muy prósperos, como Worcester, una de nuestras últimas paradas antes de Ciudad del Cabo. Ya en la estación, allí están todos, Poirot, Holmes, los aventureros de los animales inverosímiles, las damas de las sombrillas, caminando por el andén, saludando una vez más..

Fuente:http://www.lanacion.com.ar/1747834-aires-victorianos-sobre-rieles

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