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Otra de Mercados: Krabi

Les dejo la nota de la Revista de la Nación de Hoy sobre el Mercado de Krabi, uno de los mayores de Thailandia.

http://www.lanacion.com.ar/1455290-todos-a-sus-puestos

 

Viajes

Todos a sus puestos

Una noche de compras y degustaciones en Krabi, el mayor mercado de Tailandia donde es posible palpar lo más auténtico de la vida en este deslumbrante país

Por Josefina Salomón  | Para LA NACION

 

El chef se prepara para cocinar uno de los platos más conocidos en Tailandia. Acomoda el gorro que sostiene cada pelo en su lugar y ajusta la cinta del delantal que le da dos vueltas a la cintura. Arregla el foquito de luz que cuelga del caño izquierdo de su puesto y ordena en una perfecta fila cada uno de los ingredientes que necesita: un tarro con huevos, cinco platos de especias de colores, fideos transparentes y varias salsas. Los futuros comensales nos acercamos ansiosos a ver el espectáculo, y él lo sabe.

 

 

Las cámaras se encienden con su primer movimiento. Clic. Prende el fuego. Clic. Arroja dos vasos de aceite vegetal en una gran sartén como las que se usan para cocinar una paella española. Clic, clic, clic.

El chef sonríe y actúa.

Apenas el aceite de la sartén se calienta al punto justo, tira tres grandes puñados de maníes picados, los mueve, los tuesta, juega con ellos y los saca. Vuelve a calentar aceite y arroja un puñado de cebollas, trozos de nabo preservado, ajo picado, pedazos de pollo y cuadraditos de tofu. Los cocina, rápido, nunca deja de mover los ingredientes con dos espátulas que podrían haberse usado para arreglar una pared.

Nos mira otra vez y sonríe demostrando lo que sabe hacer.

 

 

Con todos los ingredientes cocinándose en la fuente, el chef tira lo que parece un kilo y medio de fideos de arroz, que previamente se habían hidratado en una fuente. No para de mover los ingredientes con la mano izquierda -la idea es que nada, por ninguna circunstancia- se pegue. Al mismo tiempo, con la mano derecha agrega jugo de mandarina, tres cucharas de azúcar, pasta de pimiento y condimento de pescado (muy usado en este rincón del planeta).

Con la temperatura al máximo, rompe y agrega seis huevos. Mezcla, mezcla, mueve las espátulas, se muere de calor.

Clic, clic, clic.

Cuando todo esta cocido, agrega camarones previamente cocinados, brotes de soja y cebollita de verdeo.

Y listo, sirve porciones de fideos Pad Thai a cada uno de los observadores, con más o menos picante según los gustos y al increíble precio de 14 baths (2 pesos argentinos) la porción.

El cocinero trabaja en el mercado nocturno de Krabi, un pueblo al sur de Tailandia. Krabi es el puerto de entrada desde donde pueden accederse a unas 150 islas paradisíacas, entre las que se encuentra el lugar más famoso del país, donde fue filmada La playa, esa película donde Leonardo DiCaprio encuentra, gracias a un mapa secreto, una comunidad de jóvenes viajantes.

 

Krabi, uno de los destinos turísticos preferidos de los amantes de las playas y el mar es, además, una de las cunas históricas de Tailandia. En algunas de las cientos de cuevas en las montañas rocosas que inundan la península se han encontrado restos de instrumentos de piedra y pinturas de colores que datan del año 35.000 a.C.

Hoy, Krabi es famoso en la región por sus paradisíacas playas, colinas y santuarios de peces y monos, y, claro, por su cocina.

Cena a la luz de la luna

El chef que prepara los fideos Pad Thai es el protagonista del mercado. Es que el plato es uno de los preferidos de la oferta culinaria tailandesa. De hecho, es tan famoso que en una encuesta publicada por CNN el año último, se le otorgó el puesto 5 entre los 50 platos de comida favoritos del mundo.

Los locales cuentan que, desde hace siglos, cientos de cocineros preparan fideos al estilo Pad Thai en cada rincón del país. Sin embargo, el plato tomo real protagonismo cuando al final de los años 30 el entonces primer ministro tailandés publicitó la receta como forma de rebajar el consumo de arroz en el país asiático. La idea era simplemente que Tailandia pudiera exportar más arroz en un momento en que el grano pagaba muy bien en el exterior.

Es de noche, pero aquí es normal llegar al mercado a esta hora. El calor sofocante que se vive durante el día así lo dispone.

Nos rodean decenas de puestos, cada uno ofreciendo uno de los cientos de platos milenarios que conforman la cocina tailandesa: arroz frito con vegetales y crema de coco, calamares rellenos, dulces de todos los colores, rollitos rellenos al estilo de las empanadas primavera chinas.

La cocina local es famosa en el mundo porque combina con perfecto balance tres sabores clave: amargo, dulce y salado.

Cada región del país se distingue por su particular estilo culinario. En Krabi, la mayoría de los platos más elaborados, como el curry, contiene leche de coco y cúrcuma fresca. Muchos de los platos hechos con arroz frito provienen originalmente de China. De allí llegaron el uso del wok, las técnicas de fritura de alimentos y fideos, el uso de jugo de ostras y los productos de soja.

En las calles nocturnas, el aroma a frito, pescado y picante, los colores rojizos y tierra de los curries, los dulces irreconocibles, los sabores a cilantro, limoncillo y menta, y el ruido de las interminables conversaciones en la plaza improvisada con mesas y sillas en medio del mercado son intoxicantes.

Es difícil decidir qué probar primero.

Con un bolsito lleno de monedas doradas y plateadas, y respirando un poco del aire que, en Tailandia, sólo llega por las noches, me largo a la cacería de algo que comer.

Primer puesto. Una señora con típica vestimenta musulmana -el 6% de la población es de esa religión- se para detrás de una improvisada parrilla en la que se cocinan 10 calamares pequeños y 10 grandes, en dos perfectas filas. Su negocio no tiene más que eso y dos carteles que indican, en thai e inglés: Grande, 15 bath – Chico, 10 bath.

El calamar está perfectamente sostenido por un palito de brochette.

-Qué rico, está relleno con algo -dice mi compañero reaccionando al primer mordisco.

-Sí, ¿será arroz? -me pregunto.

-No, no. Qué raro. -dice, mordiendo, tratando de ver qué es esa pasta blanca que sale del interior del calamar-. No es arroz.

-Entonces, ¿qué es?

Lo dejo. Comer calamares con todos sus interiores crudos no está en el menú.

-¡Jugo a 10 bath, jugo a 10 bath! -se escucha gritar.

Una señora de unos 70 años, con quien podría ser su hija, ofrece jugos de naranja. Perfecto para combatir la humedad que, aun de noche, no da tregua. Por 20 bath nos llevamos dos vasos grandes de jugo con hielo. Aunque el color fluorescente del naranja no parece natural, las señoras aseguran que, aquí, el jugo se ve así.

La mujer que atiende el próximo puesto está contenta porque le queda poco que ofrecer. Los rollitos primavera (una suerte de empanaditas chinas rellenas de verdura que se comen con salsa dulce picante) son tan buenos que hay una fila para obtener apenas uno. A su lado, chicken satay, pollo marinado con una pasta picante, cortado en pequeños trozos y asado en una parrilla en miniatura. Todo se come con las manos, o con pequeñas cucharitas de madera.

Rollitos primavera y el pollo en palitos son como entradas en el menú local, o algo así. Es que aquí las entradas son platos principales y los platos principales son entradas. Toda la comida se sirve al mismo tiempo y los postres, en general, son livianos, con frutas tropicales, para equilibrar los sabores fuertes y picantes del resto de la comida.

De camino a los puestos que venden los postres, me cruzo con lo vegetariano, verduras que nunca he visto, paquetitos verdes con rellenos desconocidos. Hasta ahí llega mi sentido de aventura. Sigo caminando, buscando algo dulce.

Cada puesto está saturado de gente. Veo a más de una docena de personas alrededor de cada vendedor. Llegar a ver lo que cada uno vende es un milagro. Todo el mundo parece saber lo que quiere y mi único idioma útil en estas cuatro manzanas es el dedo. Apunto a lo que quiero y me dicen, con idioma dedo, el precio (si algo cuesta más de diez en moneda local, escriben la cifra en un papel o en una calculadora).

Todo es rápido. Hacerse lugar entre la gente, mirar, descubrir, elegir, darse cuenta cuánto cuesta, comprar, pagar, salir del gentío, comer, no perderse, buscar otro puesto.

Como postre, compro una manzana. Tiene la forma de una pera, pero es una manzana. Sabe a algo que no es ni manzana ni pera.

El ruido del mercado es ensordecedor. A diferencia de otros lugares de Asia, no estamos rodeados únicamente por turistas. Visitar el mercado de Krabi es como observar un trozo de Tailandia en acción.

Mientras los turistas, tímidos, pagan exactamente lo que se les pide por cada cosa, los locales pelean los precios. Cuando los turistas se preocupan por cuán picante va a estar ese calamar o aquel arroz, los locales piden el tarro de salsa picante. Cada vez que veo a un turista tirando un vaso de jugo porque tiene hielo (y, creen, el hielo fuera de casa es peligroso) o tomando, a escondidas, una pastilla contra la diarrea hay, cerca, un local riéndose, y me pregunto quién es, en realidad, la atracción turística de quién..

 

Si alguna vez estuviste allí…. Contanos!

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2 thoughts on “Otra de Mercados: Krabi”

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